Los sistemas políticos democráticos en las sociedades capitalistas contemporáneas se encuentran atravesando dos obstáculos esenciales: la pérdida de centralidad de la política como mecanismo rector de las relaciones sociales y económicas, y la crisis de representación de los gobernantes elegidos en procesos electorales transparentes y legales.
El des – centramiento de la política se refleja en la incapacidad que manifiesta la misma para intervenir y regular las diversas esferas sociales, debido a que éstas obedecen cada vez más a cánones específicos que escapan del control de la lógica política [1]. La falta de centralidad de la política se traduce en el proceso de autonomización que despliegan las fuerzas económicas con respecto a las estructuras formales de regulación que operan desde la órbita política. Se produce una modificación drástica de relaciones de fuerza entre política y economía. La globalización lleva a la reducción de los márgenes de autonomía del estado – nación y a la activación de un proceso de subordinación de la actividad política a la lógica económica [2]. Los gobernantes elegidos en procesos electorales legales parecen no estar sometidos a las demandas de los actores sociales que los han votado y por ende se activa un proceso de pérdida de representatividad de los mismos. En el marco de esta situación la sociedad política puede liberarse de los lazos que la unen con la sociedad civil y no tener ya otro fin que el crecimiento de su propio poder[3]. La crisis de representación de los dirigentes políticos lleva al cinismo y a la apatía y hasta a ignorar la existencia de la política. La mencionada crisis conduce a una pérdida de confiabilidad en los partidos políticos, el parlamento y en las grandes estructuras de mediación[4]. La función de mediación entre la sociedad civil y el estado que desarrollan las estructuras partidarias se encuentra en entredicho. Los partidos en su papel de actores políticos despliegan una autonomía creciente de las demandas de los actores sociales que operan en la sociedad civil, debilitando la representatividad de las instituciones políticas de la democracia representativa. En otras palabras, la crisis de representatividad de los gobernantes conduce a la desidentificación partidaria y a la desafección política de gran parte de la ciudadanía, afectando de manera grave la calidad del sistema político democrático.
El presente trabajo pretende indagar sobre como el problema de crisis de representación de los actores políticos afecta el funcionamiento eficaz de las democracias representativas contemporáneas. Propone como solución a dicha problemática la incorporación de mecanismos institucionales que promuevan la participación creciente de los ciudadanos en la toma de decisiones políticas del sistema democrático representativo. La propuesta consiste en postular ciertos elementos de la democracia participativa como propulsores de una mejora sustancial en la calidad del funcionamiento de la democracia representativa.
(para consultar el documento en su totalidad, contacte al autor Matías Lobos en matiaslobos73@yahoo.com.ar)
[1] “…Un rasgo sobresaliente ya fue mencionado: el des – centramiento de la política. Vale decir, se debilita el lugar central que la política ocupara en la organización social. La política institucionalizada ve restringido su campo de maniobra porque son más limitados los recursos disponibles y más arriesgadas las apuestas a cerca de los resultados previsibles de una decisión. Pero además se restringe la capacidad política de intervenir en otras áreas porque éstas obedecen más y más a cánones específicos que escapan al control de la lógica política”.Lechner Norbert, La política ya no es lo que fue, en: Nueva Sociedad Nro. 144, Julio-Agosto 1996.
[2] “… El eje del cambio al nuevo patrón de relaciones Estado – sociedad puede sintetizarse de la siguiente forma: hay mayor determinación de lo económico sobre lo político, de lo transnacional sobre lo nacional y de lo individual sobre lo colectivo. Se produce el cambio del paradigma del capitalismo organizado, keynesiano – –en términos de arreglo estatal del conflicto capital – trabajo e influencia del Estado – nación en la regulación general de la sociedad -, al capitalismo desorganizado, neoliberal, caracterizado por la extensión que alcanza la economía de libre mercado, donde el estado ya no logra más éxito en el manejo autónomo de su economía, se desentiende y flexibiliza el conflicto capital – trabajo, y hay un fuerte desarrollo de la industria de servicios y separación del capitalismo financiero del industrial”. García Delgado Daniel, Estado y Sociedad. La nueva relación a partir del cambio estructural, Norma, Buenos Aires, 1994, Cap. 7.
[3] Los fundamentos de la corrupción política se pueden detectar en la respuesta que Touraine esboza a la siguiente pregunta: “…¿Qué ocurre cuando los actores políticos no están sometidos a las demandas de los actores sociales y pierden por lo tanto su representatividad? Así desequilibrados, pueden inclinarse hacia el lado del Estado y destruir la primera condición de existencia de la democracia, la limitación de su poder. Pero, si esta situación no se produce, la sociedad política puede liberarse a la vez de sus lazos con la sociedad civil y el Estado y no tener ya otro fin que el crecimiento de su propio poder. … Estas opiniones públicas hablan más directamente de corrupción, y este término es en efecto más exacto si se admite que la democracia debe ser representativa y por ende que las fuerzas políticas, los partidos en especial, deben estar al servicio de intereses sociales y no servirse a sí mismas ”. Touraine Alain, ¿Qué es la democracia?, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 1995, Cap. 4.
[4] García Delgado Daniel, OP. CIT.