La estrategia utilizada por el oficialismo para devastar a la figura de Macri es clara y precisa: la estigmatización de la década del noventa y la adhesión automática del líder del PRO a la mencionada década.
Considero conveniente que el electorado que se autodefine como progresista en la ciudad de Buenos Aires, evalúe los siguientes aspectos a la hora de considerar si el gobierno del Presidente Kirchner cumple verdaderamente con los umbrales mínimos de progresismo.
El diario Página 12 en la llamada “segunda década infame” informaba en forma diaria los incontables casos de corrupción que se sucedían en la gestión menemista. Así fue como la práctica del saqueo indiscriminado de la Nación se convirtió en una verdad que no podía ser ocultada. Hoy, lamentablemente y salvo contadas excepciones, la prensa argentina no difunde con tanta asiduidad los casos de corrupción de la gestión gubernamental, pero todos sabemos que la matriz cleptocrática no se ha desactivado. Los casos de sobreprecio de la obra pública que han salido a la luz en las últimas semanas son una muestra insoslayable de lo antes dicho. Este gobierno continua saqueando las arcas públicas. Ayer el progresismo se preocupaba con justa causa por el saqueo de la Nación, hoy no puede mirar para otro lado y justificar la corrupción del actual gobierno.
En los anos noventa; la manipulación de las instituciones republicanas, y especialmente la de la justicia; ocupaba un lugar destacado en la agenda de preocupaciones progresistas. La matriz cleptocrática solo podía funcionar con impunidad, y esa impunidad solo se garantizaba con una justicia obediente del poder político. Fue así que el punto más álgido en la mencionada manipulación llegó con el aumento del número de jueces de la Corte Suprema que respondían las directivas expresas del entonces presidente. Actualmente, la manipulación de las instituciones republicanas continúa. Si bien el actual presidente ha efectuado una renovación del máximo tribunal, por debajo ha alterado la composición de los miembros del Consejo de la Magistratura aumentando la representación del oficialismo en dicha institución. Es en este punto donde la manipulación sigue, y el razonamiento que lleva adelante el gobierno es sencillo: ellos necesitan la misma impunidad que precisaban los funcionarios menemistas. Hoy, un verdadero progresista no puede pasar por alto esta cuestión, salvo que la impunidad que oculta el robo del estado ya no sea más una inquietud atendible.
La política de derechos humanos ha sido siempre una preocupación sobresaliente en el campo progresista. La derogación de las leyes de punto final y obediencia debida son una adelanto indiscutible en esta materia. Pero cabe recordar los contextos históricos en los cuales acontecen los procesos políticos. Las leyes mencionadas fueron sancionadas luego de que los miembros de las juntas militares fueron juzgados por los crímenes cometidos en la esfera de la justicia civil, y fueron el instrumento utilizado para la contención de los alzamientos militares carapintadas que ponían en jaque a la naciente democracia. El actual gobierno promueve la derogación de las mismas en un contexto sumamente favorable a la conducción civil de las fuerzas armadas. Para ser gráfico en lo que quiero expresar, Alfonsín tuvo que lidiar con el “león suelto que todavía mostraba las garras”, Kirchner le propina latigazos a un “león que ya está domado”. Alfonsín tenía que soportar los embates de Rico y de Seineldín, Kirchner enfrenta los de Pando. El progresista no debería dejarse engañar por las sobreactuaciones del gobierno en materia de derechos humanos, y recordar que mientras este presidente critica o se olvida de los verdaderos luchadores por los derechos humanos, las verdaderas preocupaciones de Kirchner en esos años pasaban por hacer caja para su proyecto político.
La convertibilidad en los noventa, una típica política de estabilización monetaria, fue convertida por el menemismo en su modelo económico. No importaba la desindustrialización del aparato productivo, no importaba la extranjerización de la economía, no importaba la tercerización del esquema de producción, no importaba el empleo en negro, la desocupación y el aumento de la pobreza. El verdadero progresista debería pensar si hoy el gobierno nacional plantea realmente un modelo de desarrollo productivo estable y eficiente. O no será que otra política de estabilización monetaria, en este caso la devaluación, una vez más se convierte en la única propuesta de desarrollo económico. ¿O acaso los problemas antes citados no se mantienen? Una verdadera agenda de desarrollo progresista debería contemplar la detección de nichos de mercados en la economía mundial que posibiliten un desarrollo productivo endógeno sustentable en el largo plazo.
La falta de equidad en la distribución de ingresos era un tema que preocupaba muchos a las mentes progresistas. En los noventa se había vendido, y muchos compraron, la teoría del derrame. La idea era que primero había que crecer para luego distribuir la riqueza material que el progreso económico generaba. Así fue como crecimos y crecimos, pero la riqueza en vez de redistribuirse se concentraba cada vez más en sectores minoritarios y privilegiados de la sociedad. El patrón de distribución del ingreso no se ha alterado en la gestión kirchnerista ni un ápice, más bien esta distribución se hace cada vez más regresiva. La concentración se ha profundizado y hoy la brecha que separa al 10% de la población más rica del 10% de la población más pobre es cada vez mayor. Por lo tanto, el verdadero progresista no puede negar que detrás del discurso “progre” del presidente se oculta una verdad contundente: la reedición de la teoría del derrame.
El menemismo justificaba su accionar con argumentos democráticos: el pueblo me vota en su mayoría por lo tanto avala con su voto lo que esta gestión hace. Para reforzar estos justificativos democráticos un periodista amigo de entonces le organizaba la plaza del SI. Las fuerzas políticas que en ese momento denunciaban los atropellos menemistas eran acalladas por la fuerza y la contundencia de los argumentos democráticos. En ese momento el progresismo formaba parte de las voces minoritarias que gritaban a los cuatro vientos los escándalos vergonzantes del menemismo. Hoy la patota oficial vuelve una vez más a utilizar los mismos argumentos: si la mayoría está conmigo el pueblo avala lo que hago, y los grupos minoritarios que insisten con permanecer en la oposición son vilipendiados públicamente y asociados con oscuros intereses antinacionales. El verdadero progresismo sabe que una democracia se construye con mayorías que respetan a las minorías. El progresismo no puede respaldar a un gobierno que hace del oprobio y del apriete sus banderas de lucha.
Matías Lobos