El presidente Kirchner elabora tenazmente su juego presentándose como el líder de un espacio político que pretende fundarse en bases ideológicas progresistas. Para conseguir esto debe presentar a la década del noventa como “la segunda década infame”, debido a que en el imaginario presidencial (y en el de muchas mentes lúcidas) las políticas públicas implementadas en aquel período constituyen la concreción empírica irrefutable del “neo liberalismo”.
Si los noventa fueron la “fiesta neoliberal” y los Kirchner y su séquito conforman “la renovación progresista”, me atrevo a preguntarme lo siguiente:
- ¿Qué hacían los principales operadores políticos del presidente en los noventa y en los setenta? Daniel Scioli fue primer candidato a diputado por el PJ en la lista menemista, Aníbal Fernández fue intendente de Quilmes y proclamaba rabiosas consignas menemistas en sus campañas locales, Alberto Iribarne fue viceministro del interior del caudillo riojano, Felisa Miceli era directora de presupuestos provinciales en la gestión de Martínez de Hoz, Ginés González García recibía directivas militares cuando revistaba como médico auditor de la UOCRA, Felipe Solá fue secretario de agricultura – ganadería y pesca de Menem, Enrique Albistur era el jefe de campaña de Carlos Grosso, Alicia Kirchner fue directora de asuntos comunitarios del ministerio de asuntos sociales de Santa Cruz durante la dictadura, Eduardo Luis Duhalde fue abogado de la SIDE durante la gestión de Hugo Anzorreguy, Oscar Parrilli fue miembro informante de la privatización de YPF, Víctor Santamaría fue diputado de la ciudad por la agrupación que lideraba Gustavo Béliz, Rafael Bielsa fue asesor en la secretaría legal y técnica del menemismo, Carlos Bettini fue jefe de gabinete del ministerio de justicia en tiempos del menemato, Daniel Filmus participó de los gestiones de Grosso y de Decibe en el área educativa en los niveles del gobierno de la ciudad y en el gobierno nacional respectivamente. Les aseguro que la lista sigue pero “las frutillitas del postre” son para Kirchner y su esposa: el actual mandatario recibía a Menem como el gran presidente argentino que estaba transformando el país, y la senadora Cristina forzaba a la legislatura de Santa Cruz a avalar la privatización de YPF. Frente a estos antecedentes una conclusión que se cae por el peso de la obviedad: los Kirchner y sus principales delfines no fueron espectadores pasivos en los noventa, sino que fueron actores activos involucrados en los procesos desarrollados en esa década que hoy tanto demonizan.
- La transversalidad fue un discurso usado por el actual presidente en sus primeros años de gobierno para captar apoyos por afuera de la estructura tradicional del PJ. Se suponía que con dicha transversalidad el kirchnerismo iba a poder romper el “cerco duhaldista” y generar bases de sustentabilidad social alternativas al “aparato pejotista” (definición utilizada por el propio Kirchner para denostar a la estructura del PJ). En ese momento Duhalde sostuvo que la tan mentada transversalidad no era otra cosa que el tradicional movimientismo peronista presentado en un nuevo envase. ¿Quiénes fueron captados por la transversalidad kirchnerista, para liquidar el “aparato pejotista”? Julio Pereyra (intendente de Florencia Varela) acaba de anunciar que el presidente le prometió a su distrito un puente, un hospital regional, varias escuelas y 5000 casas; Alberto Descalzo (intendente de Ituzaingó) recibirá de la presidencia obras públicas destinadas a mejorar la red cloacal y un túnel; Mario Ishii (intendente de José C. Paz) recibió 147 emprendimientos financiados por el gobierno nacional; Fernando Espinoza (intendente de La Matanza) extendió la red de agua potable y ensanchó la ruta 3 con dineros provenientes de la nación; Manuel Quindimil (histórico intendente de Lanús y reacio a caer en las redes K) recibirá este año obras públicas por un valor superior a los 50 millones de pesos; la historia se repite en Lomas de Zamora, Merlo, Quilmes, San Fernando, Tres de Febrero. El mecanismo de compra de lealtades es sencillo: la lealtad se paga con obras públicas financiadas por el ministerio de Planificación. Los que hoy le profesan lealtad a Kirchner son los mismos que le juraban “amor eterno” a Duhalde y a Menem. La transversalidad kirchnerista sumó algunas voluntades por afuera del PJ, especialmente agrupaciones sociales de origen piquetero; pero no reemplazó al “aparato pejotista” sino que lo compró. Los muchachos como dignos “perros fieles” entendieron que llegaba la hora de cambiar el collar; ayer lo tenía Duhalde, hoy lo tiene Kirchner. Pero dejemos en claro un verdad de perogrullo: estos muchachos no son portadores de banderas ideológicas progresistas, la única ideología que conocen es la “ideología de la chequera”.
- Y por último: ¿lidera Kirchner un proyecto político que conduzca los destinos del país hacia la equidad social, principal objetivo progresista? Resulta imprescindible advertir el diagnóstico de Guillermo O´Donnell sobre el actual gobierno: “… este tipo de gobiernos delegativos y decisionistas tienen una característica muy peligrosa: cuando vienen épocas de vacas flacas no tienen soporte institucional. Es decir: no hay un conjunto de instituciones con poder, recursos y prestigio, para que el país ande bien y con capacidad de contención. La tarea de erosión institucional emprendida provoca que no haya red. Esta carencia tiende a provocar desplomes drásticos…”. Es en este punto donde debemos reflexionar sobre la relación entre calidad institucional republicana y desarrollo económico con equidad distributiva. Las instituciones sólidas son requisitos indispensables para construir políticas públicas estables y duraderas que combatan la desigualdad extrema y consigan una distribución equitativa del ingreso nacional. En este sentido el ejemplo chileno es perfecto: luego de más de 15 años de continuidad de políticas públicas implementadas por instituciones confiables y respetadas se pudo reducir la pobreza un 50 % y la indigencia un 75%.
Matías Lobos